
Hoy me desperté por la mañana -cosa normal- y entre sábanas pensé que ojalá el tipejo que inventó el despertador no hubiera nacido. Tras alargar mi letargo varios minutos -o cuartos de hora, perdí la cuenta-, realicé un esfuerzo sobrehumano por sacar una de mis inertes piernas de la cama, y así el resto de mi cuerpo como si de un zombie moribundo se tratara.
Casi a trompicones en el pasillo, conseguí llegar al cuarto de baño. En el espejo, un ser despeinado, desencajado y con barba más que afeitable, me dió los buenos días con un bostezo o un ladrido, que sé yo. Despejándome un poco, inicié con desgana mi afeitado, con tal torpeza que en pocos minutos mi cara desprendía centenares de puntitos sangrientos, majar exquisito de cualquier vampiro suicida que se quisiera exponer a la luz del sol para degustar mi dulce hemoglobina. Ducha, secado y vuelta corriendo de puntitas -¡ay ay ay!- por el pasillo, tiritando de este maldito frío semi invernal, que provoca que si uno se pone una chaqueta, sea demasiado, y si no se la pone, llegue a pensar que en las glaciaciones tampoco se vivía tan mal.
Vestirse, hacer la cama y arreglar un mínimo mi habitación, actos realizados con automatismos de quien casi no piensa y sólo actúa. Aún viendo que se me hacía tarde -como siempre-, pensé que sin embargo aún era pronto en mi retardo, por lo que encendí el televisor, por si explicaban algo nuevo o simplemente no decían nada, algo habitual. “Obama, nuevo presidente de EUA”. Pues vaya… tanto change tanto change del que hablaban, y mi rutina sigue siendo una calcomanía igual de triste y exacta que ayer. Pues no era para tanto, este Obama…













