GRIPE VINTAGE
Tengo un móvil que llegó en una oferta compre-uno-y-llévese-dos, un semiregalo que no entendí hasta que al abrir la caja descubrí un aparatito que contradice todos los cánones de estilismo en gusto inalámbrico. Mis últimas camisas fueron adquiridas en unas rebajas veraniegas por un valor escandalósamente depreciado. Mi reloj de pulsera yace encima del mueble acumulando polvo y recordándome que aparenta ser mucho mejor de lo que es en realidad. Le acompañan unos libros comprados en ferias de antigüedades, saldos y oportunidades varias, junto a un televisor que aún desconoce ese invento extraño llamado TDT. La música de mi Ipod, ya demasiado grande en tamaño para los que le han sucedido en el cargo, adolece de una pésima calidad sonora, al estar descargada con un programa de Internet que seguramente ya tiene medio centenar de versiones mejoradas disponibles. Por no hablar de la silla desde la que escribo, alejada de toda ergonomía recomendada y de un diseño más bien aburrido, triste y apagado, tanto como ese ventilador de pequeñas dimensiones que ahora funciona a media potencia, sabedor de que en otra casa ya hubiera sido sustituido por un aparato de aire acondicionado de última generación.
Soy un amante de lo vulgar, de lo simple, de lo amodal. Un contracool y un antikitsch. Por eso cuando, como ahora, caigo enfermo, sé con toda seguridad que lo que tengo es una gripe estacional, la normal, anodina y congestionada gripe de toda la vida. La de sopita y cama, la de gelocatil, Iboprufeno y fluimicil, la de descanso y sesteo continuado durante días de recuperación. Olvídense de modas pandémicas, de gripes A de mascarilla y cuarentena, de enfermedades planetarias con nombres alfanuméricos que están en boca de todos, menos en la mía. Dejen de un lado Tamiflús y miedos víricos al fin del mundo venidos del sector porcino chicano. Soy un clásico, un romántico de lo caduco. Larga vida a la gripe vintage.






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