VIENTO

Estaba pensando sobre qué escribir cuando, repentinamente, una bolsa de plástico ha pasado a toda velocidad por delante de mi ventana. Aparentemente parece un día cualquiera, si no fuera porque una de las sillas plegables de mi balcón yace en el suelo, caída, desarticulada, inconexa. No sólo eso. La ropa colgada en el tendedero se mueve desesperadamente de un lado a otro, enzarzada en una pelea titánica consigo misma y sostenida por unas pocas pinzas de madera que desearían estar en un patio interior mucho más tranquilo, y no a la intemperie a merced de los elementos en un balcón de un séptimo piso de Barcelona. Y el ruido. Ese maldito ruido, que me acompaña a todas partes. Un aullido que me hace recordar que vaya a donde vaya, aunque me esconda, seguirá estando ahí fuera, esperándome. Soplando. Ssssussssurrando mi nombre en silbidos maléficos. Maldito viento.
Sin embargo, siempre me ha parecido curioso, el viento. La furia del aire, que diría un poeta de poca imaginación. Pues eso. Es como si el mundo se hubiera levantado hoy cabreado. Con el pie izquierdo. Con cara de pocos amigos y los cables cruzados. Con mal genio. Mala leche, mala baba, mala hostia. Ya me entienden.
Todos tenemos días de esos. Días en los que desearíamos habernos quedado en la cama. En los que cualquier cosa nos parece un ataque, y respondemos peor aún. Días en los explotamos, nos huracanamos y arrasamos con todo. En los que levantamos polvareda, removemos hojas, desordenamos la tranquilidad mundana y de paso, jodemos un poco a los demás, que nunca va mal hacerlo de vez en cuando.
Y ahí está el tema. A veces uno se cansa de ser sólo aire. Pacífico y equilibrado aire. De ser esa persona que siempre está ahí, apacible y tranquila, pero inadvertida. De que los demás piensen que nunca vas a fallar, que nunca dirás basta, que pase lo que pase, recibas palos o palmaditas, seguirás estando ahí. Hasta que una mañana, esa mañana, la mañana en cuestión, la menos esperada de todas las mañanas, te levantas con el pie izquierdo. Con mala leche, mala baba, mala hostia. Y entonces, arrasas con todo, mientras ves a todas esas personitas corriendo despavoridas a refugiarse del torbellino. Aciclonas tu carácter, atifonas tus reacciones y tus actos se convierten en tornados arremolinantes. Y por un día, te cagas en el mundo. En el jefe que no te valora. En el idiota de tu clase. En aquel que te humilla. En los vagos, los aprovechados y los desagradecidos. Y soplas, levantas polvo, azotas árboles, remueves conciencias. Y les recuerdas, a todos esos hombrecitos que huyen allá abajo, que vayan donde vayan, seguirás estando ahí. Aunque después vuelvas a ser aire. Tranquilo, pacífico y sensato aire.
Todos somos aire. Y a veces, por un día, todos querríamos ser viento. Maldito, pero deseado, viento.





Escribe un comentario