Vacío

Tócala otra vez, Sam, le dije a mi Ipod. Y así una y otra vez. Y otra. Y otra más, repitiendo una canción que me hace perder la mirada en nada concreto, en ese vacío que parece todo ahora. Al final me canso y lanzo los auriculares con rabia contenida. A este paso acabaré llorando. Y digo acabaré, porque ya he empezado.
A veces pienso que estoy hasta los huevos. Suena grosero, pero la ocasión lo merece. No es que el mundo me haya hecho algo. No. Simplemente, a veces me canso de mi mismo. ¿Qué es lo que te pasa, Àlex? Estabas bien, todo parecía fluir. Y sin embargo, te encojes, bajas la cabeza y esnifas mocos lacrimógenos. Y desistes. Y piensas que quizás nada vale la pena. Y la pena verdadera es verte así. Atontado por incomprensibles dudas, por sorprendentes miedos y por increíbles y poco creíbles decepciones. Lo que antes era ligera arena, ahora es pesado plomo. Toneladas de plomo. Cargadas sobre mi espalda. Y las rodillas me tiemblan, se arquean y parecen desistir. Y en realidad no me doy cuenta que nunca he dejado de cargar arena. Ligera arena. El plomo sólo está en mi cabeza.
Y no obstante está y no se marcha. ¡Bah! Odio verme así. ¡Gilipollas! ¡Inútil! ¡Idiota! ¡Atontado!!!!! Me grito cosas en silencio, porque ni siquiera tengo valor para decírmelo a la cara. Porque si me mirara a los ojos, me daría lástima. Me sacudo una lágrima, y hay diez esperando a caer. Hincho los pulmones para tomar fuerza, y sin darme cuenta ya he suspirado cien veces. Escribo esto porque no hay no hay otra manera de sacarlo. Y entonces me llamas. Y respiro. Por primera vez en todo el día, he dejado de suspirar para empezar a respirar. Es diferente. Aunque no sé si será suficiente. Espero que lo sea. Vuelvo a agarrar los auriculares. Cierro la luz y los ojos, aunque no sé muy bien en qué orden. Y entonces le doy al play. Tócala de nuevo, Sam.





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