Odio apestar a tabaco. Llego a casa a tumbos entre pasillos que se alargan inexorablemente, perdiendo la noción de las distancias al intentar acertar con el pomo de la puerta. Desprendo esa mezcla nauseabunda de olores de la más oscura nocturnidad, a alcohol y a besos, a humo y a lascivia prohibida. Tras varios intentos infructuosos y golpes con paredes que no recordaba, consigo entrar a mi cuarto, mientras mis reflejos se mofan de mi desde lo alto del escritorio, con una asquerosa sorna coral de carcajadas sarcásticas. Lanzo mi camisa sin recordar cuando y por quien fue desabrochada, y cae en un rincón con una macabra postura inconexa y desencajada, como si esa pieza de ropa hubiera visto ya demasiadas cosas en su triste vida y solo deseara recibir su condena definitiva para descansar en paz.
Me estiro sobre la cama, y la caída me parece eterna, psicodélica y lastimosa. Boca arriba, yazco completamente desnudo, pero sigo sin poder desprenderme de esa maldita peste que me envuelve, aunque ya no sé si es a anónimo tabaco o a melancolía, como si una tristeza súbita me impregnara la piel y, quien sabe, si el corazón. El techo aparece de un blanco ennegrecido, que tiñe mi mirada de pensamientos demasiado tortuosos para ser contados, peor para ser recordados, y me flagela hasta dejar heridas profundas a cada parpadeo, como si de un látigo se tratara, aumentando con cada caída de ojos, cada vez más pesada y fatigosa.
Y entonces ya no sé si duermo o simplemente entro en un limbo comatoso, en el que los sueños se entremezclan con espantosas verdades que odio decirme, mientras bailan a mi alrededor con una siniestra coreografía de la que soy un impotente espectador, que pagó su entrada a un precio demasiado caro. Y cuando esta insoportable actuación llega a su clímax onírico, mis ojos empiezan a arder, y entonces despierto con el rostro tajado por un rayo de sol parte mi habitación en dos a través de una cortina mal cerrada. Con una expresión casi picasiana, mis ojeras se desmoronan sobre la piel castigada, a la vez que un regusto a tequila destroza mi aliento. Y aquel olor regresa de nuevo a mi, dándome los buenos días a gritos como si fuera una mala mujer con la que pasé la noche y ahora exige su tributo por los servicios prestados. Me prometo y juro mil veces no volver a verla, arrepentido, aunque sé que en el fondo será inútil, pues estoy simplemente condenado a buscarla de nuevo en aquella calle que prometí no volver a cruzar, como un yonqui camino de un deseado precipicio.














