[PESTE]

•Octubre 26, 2009 • Dejar un comentario

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Odio apestar a tabaco. Llego a casa a tumbos entre pasillos que se alargan inexorablemente, perdiendo la noción de las distancias al intentar acertar con el pomo de la puerta. Desprendo esa mezcla nauseabunda de olores de la más oscura nocturnidad, a alcohol y a besos, a humo y a lascivia prohibida. Tras varios intentos infructuosos y golpes con paredes que no recordaba, consigo entrar a mi cuarto, mientras mis reflejos se mofan de mi desde lo alto del escritorio, con una asquerosa sorna coral de carcajadas sarcásticas. Lanzo mi camisa sin recordar cuando y por quien fue desabrochada, y cae en un rincón con una macabra postura inconexa y desencajada, como si esa pieza de ropa hubiera visto ya demasiadas cosas en su triste vida y solo deseara recibir su condena definitiva para descansar en paz.

Me estiro sobre la cama, y la caída me parece eterna, psicodélica y lastimosa. Boca arriba, yazco completamente desnudo, pero sigo sin poder desprenderme de esa maldita peste que me envuelve, aunque ya no sé si es a anónimo tabaco o a melancolía, como si una tristeza súbita me impregnara la piel y, quien sabe, si el corazón. El techo aparece de un blanco ennegrecido, que tiñe mi mirada de pensamientos demasiado tortuosos para ser contados, peor para ser recordados, y me flagela hasta dejar heridas profundas a cada parpadeo, como si de un látigo se tratara, aumentando con cada caída de ojos, cada vez más pesada y fatigosa.

Y entonces ya no sé si duermo o simplemente entro en un limbo comatoso, en el que los sueños se entremezclan con espantosas verdades que odio decirme, mientras bailan a mi alrededor con una siniestra coreografía de la que soy un impotente espectador, que pagó su entrada a un precio demasiado caro. Y cuando esta insoportable actuación llega a su clímax onírico, mis ojos empiezan a arder, y entonces despierto con el rostro tajado por un rayo de sol parte mi habitación en dos a través de una cortina mal cerrada. Con una expresión casi picasiana, mis ojeras se desmoronan sobre la piel castigada, a la vez que un regusto a tequila destroza mi aliento. Y aquel olor regresa de nuevo a mi, dándome los buenos días a gritos como si fuera una mala mujer con la que pasé la noche y ahora exige su tributo por los servicios prestados. Me prometo y juro mil veces no volver a verla, arrepentido, aunque sé que en el fondo será inútil, pues estoy simplemente condenado a buscarla de nuevo en aquella calle que prometí no volver a cruzar, como un yonqui camino de un deseado precipicio.

Equipo grande, equipo pequeño

•Septiembre 16, 2009 • 1 comentario

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Estaba llamado a ser el duelo de la Champions. El enfrentamiento entre los dos equipos que protagonizaron el cambio de cromos más caro de todos los tiempos. Yo te doy a éste, tú me das el tuyo, toma calderilla (en comparación a lo que maneja Flo, estas cifras son irrisorias) y todos contentos a jugar a nuestra esquina del patio.

Era la vendetta, el orgullo, la afrenta de un camerunés que siempre se sintió el segundo de la clase. El querido, pero no tanto como X. Llámese Messi, Ronaldinho, Bojan. Era también el retorno del hijo problemático, del sueco balcánico que todo fue y también rápido se fue. Era mucho más que la primera jornada de la liguilla de clasificación de la Champions League. No era solo eso. Era, sin exagerar, una digna semifinal avanzada. O mejor. Una perfecta finalísima por la que cualquier apostante betanwinista se habría jugado hasta los calzoncillos. Era, simplemente, EL partido.

Y sin embargo, todo se quedó en tablas entre un equipo que quiso y otro que evitó. El Barça, irregular aún en estas primeras semanas de andadura, combina minutos de fútbol de leyenda con otros de incertidumbre, normales en estas alturas de competición. Pero siempre quiso ser, quiso ganar, quiso convencer, vencer y crecer. Quiso hasta el final, y ese es su gran mérito, sabiendo que si sigue queriendo así, podrá llegar (más) allá.

Ante él, el Inter evitó. Un equipo del que se hablaba las mil maravillas, el de los cuatro tantos al Milán, el del golazo de Eto’o por la escuadra, el del gran estratega Mourinho, recuperador de jugadores defenestrados. Llamado a ser uno de los favoritos al título, el Inter solo se limitó a evitar. Durante 90 minutos evitó ser goleado, aplastado, derrotado y humillado por unos diminutos mequetrefes con pegamento en sus botas. En el fondo, los interistas también quisieron. Eto’o quería enseñar a Ibra a correr como un negro en el Barça, y vaya si corrió, pero detrás del balón. Mourinho quería aleccionar a Pep sobre las verdades del fútbol, y al final, la única verdad, es que los italianos eran monigotes despistados siguiendo la pista de un balón que nunca fue suyo, con más voluntad que criterio.  Moratti quería demostrar a Laporta que el negocio fue redondo para el Inter, cuando lo más redondo que pudo agradecer es el cero en el marcador de goles recibidos. Y el Inter quiso jugar a ser un equipo grande, cuando en realidad no evitó, en ningún momento, ser simplemente un equipo más diminuto que nunca.

A VECES…

•Septiembre 6, 2009 • Dejar un comentario

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A veces, en un domingo cualquiera, en principio un domingo sin importancia, igual a cualquier otro domingo, uno se pone a escudriñar en sus recuerdos. A veces, en tardes de un verano que se apaga al llegar a un septiembre que amenaza fresco pero aún se sabe caluroso, uno rebusca entre mensajes cruzados hace ya demasiado tiempo. A veces, en días en los que uno sueña con chicas de pelo dorado, ojos verde esmeralda y tímida sonrisa, uno desempolva conversaciones recién empezadas, en la que dos perfectos desconocidos se cuentan su vida, sus miedos, sus risas y esas cosas que en realidad no son más que tonterías, pero que en ese momento se convirtieron en manos que se tocaban, en brazos que se agarraban, en miradas que se cruzaban y en suspiros que se fundían. Aunque uno sabe, o cree, o trata de convencerse de que nunca dejaron de ser inocentes palabras, inocentes respuestas, inocentes despedidas.

Y entonces, se sorprende de que fue hace mucho, aunque en realidad no tanto. Y piensa que hoy, un domingo cualquiera, un domingo que parecía ser el de siempre, simplemente un domingo más, se ha convertido en un día extraordinario. Un domingo de aquellos que solo ocurren a veces…

GRIPE VINTAGE

•Septiembre 6, 2009 • Dejar un comentario

Tengo un móvil que llegó en una oferta compre-uno-y-llévese-dos, un semiregalo que no entendí hasta que al abrir la caja descubrí un aparatito que contradice todos los cánones de estilismo en gusto inalámbrico. Mis últimas camisas fueron adquiridas en unas rebajas veraniegas por un valor escandalósamente depreciado. Mi reloj de pulsera yace encima del mueble acumulando polvo y recordándome que aparenta ser mucho mejor de lo que es en realidad. Le acompañan unos libros comprados en ferias de antigüedades, saldos y oportunidades varias, junto a un televisor que aún desconoce ese invento extraño llamado TDT. La música de mi Ipod, ya demasiado grande en tamaño para los que le han sucedido en el cargo, adolece de una pésima calidad sonora, al estar descargada con un programa de Internet que seguramente ya tiene medio centenar de versiones mejoradas disponibles. Por no hablar de la silla desde la que escribo, alejada de toda ergonomía recomendada y de un diseño más bien aburrido, triste y apagado, tanto como ese ventilador de pequeñas dimensiones que ahora funciona a media potencia, sabedor de que en otra casa ya hubiera sido sustituido por un aparato de aire acondicionado de última generación.

Soy un amante de lo vulgar, de lo simple, de lo amodal. Un contracool y un antikitsch. Por eso cuando, como ahora, caigo enfermo, sé con toda seguridad que lo que tengo es una gripe estacional, la normal, anodina y congestionada gripe de toda la vida. La de sopita y cama, la de gelocatil, Iboprufeno y fluimicil, la de descanso y sesteo continuado durante días de recuperación. Olvídense de modas pandémicas, de gripes A de mascarilla y cuarentena, de enfermedades planetarias con nombres alfanuméricos que están en boca de todos, menos en la mía. Dejen de un lado Tamiflús y miedos víricos al fin del mundo venidos del sector porcino chicano. Soy un clásico, un romántico de lo caduco. Larga vida a la gripe vintage.

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VIENTO

•Enero 24, 2009 • Dejar un comentario

foto de alexcubero en 24/01/09

Estaba pensando sobre qué escribir cuando, repentinamente, una bolsa de plástico ha pasado a toda velocidad por delante de mi ventana. Aparentemente parece un día cualquiera, si no fuera porque una de las sillas plegables de mi balcón yace en el suelo, caída, desarticulada, inconexa. No sólo eso. La ropa colgada en el tendedero se mueve desesperadamente de un lado a otro, enzarzada en una pelea titánica consigo misma y sostenida por unas pocas pinzas de madera que desearían estar en un patio interior mucho más tranquilo, y no a la intemperie a merced de los elementos en un balcón de un séptimo piso de Barcelona. Y el ruido. Ese maldito ruido, que me acompaña a todas partes. Un aullido que me hace recordar que vaya a donde vaya, aunque me esconda, seguirá estando ahí fuera, esperándome. Soplando. Ssssussssurrando mi nombre en silbidos maléficos. Maldito viento.

Sin embargo, siempre me ha parecido curioso, el viento. La furia del aire, que diría un poeta de poca imaginación. Pues eso. Es como si el mundo se hubiera levantado hoy cabreado. Con el pie izquierdo. Con cara de pocos amigos y los cables cruzados. Con mal genio. Mala leche, mala baba, mala hostia. Ya me entienden.

Todos tenemos días de esos. Días en los que desearíamos habernos quedado en la cama. En los que cualquier cosa nos parece un ataque, y respondemos peor aún. Días en los explotamos, nos huracanamos y arrasamos con todo. En los que levantamos polvareda, removemos hojas, desordenamos la tranquilidad mundana y de paso, jodemos un poco a los demás, que nunca va mal hacerlo de vez en cuando.

Y ahí está el tema. A veces uno se cansa de ser sólo aire. Pacífico y equilibrado aire. De ser esa persona que siempre está ahí, apacible y tranquila, pero inadvertida. De que los demás piensen que nunca vas a fallar, que nunca dirás basta, que pase lo que pase, recibas palos o palmaditas, seguirás estando ahí. Hasta que una mañana, esa mañana, la mañana en cuestión, la menos esperada de todas las mañanas, te levantas con el pie izquierdo. Con mala leche, mala baba, mala hostia. Y entonces, arrasas con todo, mientras ves a todas esas personitas corriendo despavoridas a refugiarse del torbellino. Aciclonas tu carácter, atifonas tus reacciones y tus actos se convierten en tornados arremolinantes. Y por un día, te cagas en el mundo. En el jefe que no te valora. En el idiota de tu clase. En aquel que te humilla. En los vagos, los aprovechados y los desagradecidos. Y soplas, levantas polvo, azotas árboles, remueves conciencias. Y les recuerdas, a todos esos hombrecitos que huyen allá abajo, que vayan donde vayan, seguirás estando ahí. Aunque después vuelvas a ser aire. Tranquilo, pacífico y sensato aire.

Todos somos aire. Y a veces, por un día, todos querríamos ser viento. Maldito, pero deseado, viento.

UN CAFÉ CORTADO

•Enero 23, 2009 • Dejar un comentario

foto de alexcubero en 22/01/09

NO ES PRECISAMENTE MI MEJOR SEMANA, debo reconocerlo. Escribo estas líneas aplacado por un gripazo de los de antaño, atabiado con bata, calcetines, pijama gordo y pañuelo al cuello. Mi pelo, despeinado, tiene ese aspecto andrajoso del que lleva todo el día sin hacer nada más que cultivar un virus inoportuno a costa de su salud. Me acompañan unas visibles ojeras de una noche de sudor, una fiebre que sube y baja a su parecer, y una verdadera batucada de Carlinhos Brown en mi cabeza. Mi garganta, dolorida, parece la perfecta acompañante de unas frágiles articulaciones, que provocan que mi caminar sea lento y pesado. En definitiva, una de esas gripes que dejan a uno caldoso, la mejor manera de definir mi estado actual.

LA CULPA NO FUE DEL CHA CHA CHA, como dice la canción, pero sí de un café. No piensen que he perdido la cabeza o que debo denunciar a Nescafé por un producto en mal estado. Les explicaré la película, así que presten atención. Resulta que, si me siguieron en la entrada anterior (Dios salve a mis fieles lectores, es decir, yo y yo mismo), no acabé la semana con buen pie, y empecé la actual con un tropezón que me llevó a dar de bruces contra suelo. Afligido en mente y alma, una bola de nieve de perfectas tonterías se convirtió en avalancha, que me arrastró precipicio abajo tragando nieve por la boca, y quien dice nieve, dice tristezas varias. Metáforas a un lado, simplemente tenía demasiadas cosas en la cabeza en el momento menos indicado. Y me hundí, como se dice, en mi propia mierda. Un chof chof en el que no vale la pena insistir demasiado.

SE DICE QUE LOS MARTES, NI TE CASES NI TE EMBARQUES. Y yo, que de supersticiones nunca he sido un erudito, me embarqué, me casé, y monté un festín por todo lo alto, de esos con padrino descorbatado y puro en mano. Toda una tarde de paseos, conversaciones, risas y sonrisas. Alrededor de un café dejé atrás todos los pesos que me habían atormentado durante casi una semana, y volví a ser yo. Con ese café me perdí en plazas de ensueño, en calles de antaño y en palacios musicales. Y por una tarde, todo volvió a ser equilibrio, espumoso como la crema de aquel café cortado que compartí contigo en un frío martes de enero.

SIN EMBARGO, LA VENGANZA SE SIRVE EN PLATO FRÍO. ¿Cómo había osado retar a mi Tristeza?¿De verdad creía que se iba a dar por vencida tan fácilmente? Como esperaba, ella volvió a la carga, esta vez con una infantería de virus gripal como arma, para vengarse por haberla pisoteado durante una tarde de perfecta Felicidad. Y aquí me ven, atolondrado desde entonces en el cuadrilátero de las guerras antibióticas, peleando contra mis anginas a base de sobrecitos y pastillitas con nombres raros e impronunciables. Pero mi amiga Tristeza sabe, en el fondo, que tiene la guerra perdida de antemano. Pues desde aquel café no he dejado de sonreir. Y entonces, tumbado en mi cama, desfallecido por esta gripe de destrucción masiva, alzaré mi puño al aire y diré en alto esas palabras mágicas: “Pónganos otro cortado, por favor”.

Vacío

•Enero 20, 2009 • Dejar un comentario

foto de alexcubero en 19/01/09

Tócala otra vez, Sam, le dije a mi Ipod. Y así una y otra vez. Y otra. Y otra más, repitiendo una canción que me hace perder la mirada en nada concreto, en ese vacío que parece todo ahora. Al final me canso y lanzo los auriculares con rabia contenida. A este paso acabaré llorando. Y digo acabaré, porque ya he empezado.

A veces pienso que estoy hasta los huevos. Suena grosero, pero la ocasión lo merece. No es que el mundo me haya hecho algo. No. Simplemente, a veces me canso de mi mismo. ¿Qué es lo que te pasa, Àlex? Estabas bien, todo parecía fluir. Y sin embargo, te encojes, bajas la cabeza y esnifas mocos lacrimógenos. Y desistes. Y piensas que quizás nada vale la pena. Y la pena verdadera es verte así. Atontado por incomprensibles dudas, por sorprendentes miedos y por increíbles y poco creíbles decepciones. Lo que antes era ligera arena, ahora es pesado plomo. Toneladas de plomo. Cargadas sobre mi espalda. Y las rodillas me tiemblan, se arquean y parecen desistir. Y en realidad no me doy cuenta que nunca he dejado de cargar arena. Ligera arena. El plomo sólo está en mi cabeza.

Y no obstante está y no se marcha. ¡Bah! Odio verme así. ¡Gilipollas! ¡Inútil! ¡Idiota! ¡Atontado!!!!! Me grito cosas en silencio, porque ni siquiera tengo valor para decírmelo a la cara. Porque si me mirara a los ojos, me daría lástima. Me sacudo una lágrima, y hay diez esperando a caer. Hincho los pulmones para tomar fuerza, y sin darme cuenta ya he suspirado cien veces. Escribo esto porque no hay no hay otra manera de sacarlo. Y entonces me llamas. Y respiro. Por primera vez en todo el día, he dejado de suspirar para empezar a respirar. Es diferente. Aunque no sé si será suficiente. Espero que lo sea. Vuelvo a agarrar los auriculares. Cierro la luz y los ojos, aunque no sé muy bien en qué orden. Y entonces le doy al play. Tócala de nuevo, Sam.

Larga vida al nueve

•Enero 1, 2009 • Dejar un comentario

foto de alexcubero en 31/12/08

Se va un año, y ya es otro más en esta larga lista que empecé hace 25 y contando. Decidle adiós con la mano, pues aquí se acabo nuestra relación. Recuerdo efímero será aquel 2008 en que tantas cosas pasaron, o tan pocas, o las suficientes, o las demasiadas. Las que fueron y no volverán. Hasta siempre y hasta nunca, dos besos y gracias por el servicio prestado.

Es curioso que cuando algo llega a su fin, la gente (me incluyo) reflexiona sobre lo andado, deteniéndose y echando la vista atrás sobre los pasos marcados en la nieve. Mañana no dejará de ser un día exactamente igual al de hoy, pero sin embargo, no lo será. ¿Qué cambia?¿Un dígito? No. Es más que eso. Cambia todo. Se cierra un ciclo, una etapa, un recorrido, para bien o para mal. Un año. 365 días de vivencias que ahora serán recuerdo, experiencia, foto u olvido. Algo conocido se despide, y se abre el telón de los sueños, las esperanzas o también los temores.

Mírenme a mi, autor de este relato. Un año redondo. Puedo decir, sin exagerar, que ha sido el mejor año de mi vida. No se queda ahí, sino que el difunto ha dejado un buen seguro de vida para su heredero en el calendario: un final pletórico de una larga carrera académica; un ilusionante reto profesional a dos años vista; amigos que se han hecho hermanos; y nuevos conocidos que se han subido al tren a última hora, y que van camino de convertirse en mucho más que amigos. Un lujo de herencia, si me lo permiten. El muerto al hoyo y al bolsillo el chollo. Y quédese con el cambio.

Y sin embargo (siempre hay un sin embargo), un simple cambio de dígito trae consigo el terrible desamparo de pensar que la suerte puede girarse y decir paren el tren que aquí me bajo yo, hasta otra y muy buenas. Un sinsentido de sentimiento, pero ¿desde cuando los sentimientos tuvieron razón de ser?. Miedo a cambiar, miedo a crecer, miedo a avanzar. Miedo a perder lo conseguido, a retroceder, a perder las musas y con ella la buena estrella. Miedo al miedo, irracional con más razón que nunca, que tontería más seria.

Hasta aquí 2008. Se va el año en que el negro echó al tonto de una casita blanca. Aquel en que una roja jugó un fútbol dorado y en el que la economía del globo fue más negra que nunca. Se marcha el año de la crisis innombrable y el zapatazo no certero a Bush. Aquel en que China nos enseñó en los Juegos Olímpicos lo bonito que es su salón prefabricado de Ikea, todo reluciente y asombrosamente ordenado, pero demostró que sigue escondiendo en su enorme y viejo trastero todos los trapos sucios de siempre, y son muchos.

Me despido de ti, año viejo, cansado, mustio, consumido y caduco. No sabemos que vendrá ahora, y lo que deba ser, será. Seguramente, mañana me despertaré y me daré cuenta que todo sigue totalmente igual. Y no obstante (siempre hay un no obstante), querré creer con todo mi corazón que todo ha cambiado, que todo es diferente, y que el nuevo año traerá un pan bajo el brazo, calentito y recién sacado del horno. A pesar de que la única diferencia esté, simplemente, en ese último dígito. Adiós, querido ocho. Larga vida al nueve.

[Dieciseis]

•Diciembre 31, 2008 • 1 comentario

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Hoy he descubierto que me gusta Oasis. Quizás no parezca una gran revelación del universo, cierto. Pero qué quereis que os diga. Vivo en la ignorancia musical, en el analfabetismo lírico. Nunca tuve un triste póster de un cantante, casi no compraba cd’s (o cassettes, para los más prehistóricos), y la verdad, me preocupaba bien poco, para ser sinceros.

[ Maybe I will never be
All the things that I want to be ]

Así que, como se acostumbra a decir, nací sin “influencia”. Adoptado por un padre demasiado ligero de pantalones -los 40 principales- y una madre dada a los desmadres -la MTV-, saltaba de canción en canción sin adaptarme a un grupo determinado. Y es así como he crecido: no soy fiel a un artista, sino que lo mío es la poligamia musical. Ahora éste ahora aquel, de flor en flor y de letra en letra, sin el menor reparo o rubor de que en mi Ipod compartan espacio Juanes, una canción de salsa, ray charles, Marilyn Manson, Bisbal, reggueatton o Red Hot Chilli Pipers. Un cóctel de difícil digestión para cualquier somelier musical con un mínimo de buen gusto (u oído, mejor dicho).

[ A man can never dream these kind of things
Especially when she came and spread her wings
Whisper in my ear the things I'd like
Then she flew away into the night ]

Así que a mis manos/oídos llegó una recopilación del dichoso grupito británico de ropas andrajosas y despeinada cabellera. Con cierta desconfianza acepté el regalo, pensando que conociendo mi historial, poco jugo iba a poder sacarle al asunto. Lo intentaría, eso sí, pues los retos siempre han sido lo mío. Sería un chute intenso, pues mi camella musical particular pretendía que la primera dosis rockera contuviera 22 pistas de subidón melódico. Finalmente se compadeció de mi, quizás involuntariamente, y la cosa se quedó en 16, un número no especialmente interesante ni mágico. Quién sabe, quizás me equivoque.

[ She believes in everything
And everyone and you and yours and mine ]

El primer cara a cara fue duro, disputado. Tumbado en mi cama (¿otra vez?) intenté escuchar una, dos, tres, cuatro canciones. La verdad que todas me parecían bastante iguales. Alguna hasta me sonaba. “Sí, esta me la descargué una vez“, murmuré con la ceja levantada, como si eso me eximiera de mi ignonímia.
Parecía que la cosa no iba a ir a mayores. “Yo controlo“, presumía, pensando que la droga no haría demasiado efecto en mis venas. Hasta que, caminando por el centro de Barcelona esta tarde, me encontré escuchando esa música en mi Ipod. No sólo eso, sino que empezaba a tomar gusto a cada una de ellas. Unas más que otras, pero todas iban adquiriendo formas distintas, logrando sensaciones varias, provocando sentimientos diversos.

[ There are many things that I would like to say to you,
But I don't know how ]

Y anonadado, me he descubierto escuchando esa maldita lista de 16 canciones una y otra vez. En el metro. Mientras corría por una cinta sin fin en el gimnasio. Por la calle. En el ascensor. En mi habitación. Y entonces, con preocupación evidente, un pensamiento me ha invadido la mente, mientras bajaba la vista y reconocía en voz baja:

Mierda. ¡Me gusta Oasis!”

Pues eso. Preocupante diagnóstico. Os dejo, que voy escuchar música. Otra vez.

[ I want to talk tonight
Until the morning light ]

Mirando el techo

•Diciembre 31, 2008 • Dejar un comentario

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Tumbado en mi cama, miro el techo. Cuantas veces habré repetido este dichoso ejercicio a lo largo de mi vida, como si en esa capa de yeso blanca pudiera encontrar la respuesta a las preguntas que se atascan en mi cabeza. Pero lo miro, lo remiro, lo repaso y lo examino, suspiro y vuelvo a suspirar.

Suspiro. Y demasiado. Creo que hacía tiempo que no lo hacía tanto y tantas veces seguidas. Hasta resoplo, que es peor. Una y otra vez. Buf tras buf, cada vez más largo, más lento, más profundo. No es cansancio. Es más que eso, aunque no sé muy bien qué.

Vuelvo a mirar el techo. Quizás estaba equivocado. ¡Sí! ¡exactamente! Ya lo tengo. Lo que realmente trato es de ir más allá del techo. Busco el vacío, el infinito, quizás estrellas luminosas rodeadas de ovejas verde fosforito, quizás imaginaciones mías, imaginar años futuros o recuperar recuerdos demasiado recientes. ¿Qué buscas, Àlex? ¿Acaso respuestas? No te equivoques. Quedarte tumbado en la cama nunca fue demasiada buena solución a tus quebraderos de cabeza.

Así que decido escribir. Oh, que novedad. Puede que sólo intente asemejarme a un pintor excitado que trata de entender lo que siente, sucumbiendo en una orgía de colores confusos, pintando con brochazos alocados y desesperados, creyendo improvisar cuando en realidad ya sabe muy bien qué está dibujando. Tecleo rápido, con fuerza, con demasiada pasión diría yo. Tanta que llevo un rato escribiendo cosas que creo que debería dejar guardaditas con llave, en un agujero en lo más profundo del salvaje bosque de mis pensamientos. Y rodeado de una verja metálica con pinchos asesinos. Por si las moscas a alguien se le ocurre husmear.

Es curioso. Acabo el año mejor que nunca y ya estoy pensando demasiado. ¿Será miedo? Sí, creo que es eso. Demasiadas cosas me vienen de repente, todo nuevo, inesperado, muy bonito, con música de que-bien-nos-lo-vamos-a-pasar y un lacito rojo. Hasta una tarjetita de “Bienvenido a tu nueva vida, Àlex“… Todo precioso, sí.

Y ya veis. Como un capullo (en flor) me volveré a estirar en mi cama tras acabar este lienzo de no sé muy bien qué, recuperando mis absurdos pensamientos acerca de nada en concreto. Quizás hasta me ponga a escuchar música. Algo que me suponga un pequeño oasis en el desierto agilipollado de absurdas dudas en el que me arrastro ahora.

Seré capullo… Buuuuf