The end

•noviembre 27, 2010 • Dejar un comentario

Este blog quedó clausurado a inicios de 2010, cuando inicié un nuevo camino como periodista en Colombia. Desde ahora podéis encontrarme en mi nuevo blog, Salvando las distancias. Un abrazo y hasta pronto

 

Àlex Cubero

[PESTE]

•octubre 26, 2009 • 1 comentario

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Odio apestar a tabaco. Llego a casa a tumbos entre pasillos que se alargan inexorablemente, perdiendo la noción de las distancias al intentar acertar con el pomo de la puerta. Desprendo esa mezcla nauseabunda de olores de la más oscura nocturnidad, a alcohol y a besos, a humo y a lascivia prohibida. Tras varios intentos infructuosos y golpes con paredes que no recordaba, consigo entrar a mi cuarto, mientras mis reflejos se mofan de mi desde lo alto del escritorio, con una asquerosa sorna coral de carcajadas sarcásticas. Lanzo mi camisa sin recordar cuando y por quien fue desabrochada, y cae en un rincón con una macabra postura inconexa y desencajada, como si esa pieza de ropa hubiera visto ya demasiadas cosas en su triste vida y solo deseara recibir su condena definitiva para descansar en paz.

Me estiro sobre la cama, y la caída me parece eterna, psicodélica y lastimosa. Boca arriba, yazco completamente desnudo, pero sigo sin poder desprenderme de esa maldita peste que me envuelve, aunque ya no sé si es a anónimo tabaco o a melancolía, como si una tristeza súbita me impregnara la piel y, quien sabe, si el corazón. El techo aparece de un blanco ennegrecido, que tiñe mi mirada de pensamientos demasiado tortuosos para ser contados, peor para ser recordados, y me flagela hasta dejar heridas profundas a cada parpadeo, como si de un látigo se tratara, aumentando con cada caída de ojos, cada vez más pesada y fatigosa.

Y entonces ya no sé si duermo o simplemente entro en un limbo comatoso, en el que los sueños se entremezclan con espantosas verdades que odio decirme, mientras bailan a mi alrededor con una siniestra coreografía de la que soy un impotente espectador, que pagó su entrada a un precio demasiado caro. Y cuando esta insoportable actuación llega a su clímax onírico, mis ojos empiezan a arder, y entonces despierto con el rostro tajado por un rayo de sol parte mi habitación en dos a través de una cortina mal cerrada. Con una expresión casi picasiana, mis ojeras se desmoronan sobre la piel castigada, a la vez que un regusto a tequila destroza mi aliento. Y aquel olor regresa de nuevo a mi, dándome los buenos días a gritos como si fuera una mala mujer con la que pasé la noche y ahora exige su tributo por los servicios prestados. Me prometo y juro mil veces no volver a verla, arrepentido, aunque sé que en el fondo será inútil, pues estoy simplemente condenado a buscarla de nuevo en aquella calle que prometí no volver a cruzar, como un yonqui camino de un deseado precipicio.

Equipo grande, equipo pequeño

•septiembre 16, 2009 • 1 comentario

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Estaba llamado a ser el duelo de la Champions. El enfrentamiento entre los dos equipos que protagonizaron el cambio de cromos más caro de todos los tiempos. Yo te doy a éste, tú me das el tuyo, toma calderilla (en comparación a lo que maneja Flo, estas cifras son irrisorias) y todos contentos a jugar a nuestra esquina del patio.

Era la vendetta, el orgullo, la afrenta de un camerunés que siempre se sintió el segundo de la clase. El querido, pero no tanto como X. Llámese Messi, Ronaldinho, Bojan. Era también el retorno del hijo problemático, del sueco balcánico que todo fue y también rápido se fue. Era mucho más que la primera jornada de la liguilla de clasificación de la Champions League. No era solo eso. Era, sin exagerar, una digna semifinal avanzada. O mejor. Una perfecta finalísima por la que cualquier apostante betanwinista se habría jugado hasta los calzoncillos. Era, simplemente, EL partido.

Y sin embargo, todo se quedó en tablas entre un equipo que quiso y otro que evitó. El Barça, irregular aún en estas primeras semanas de andadura, combina minutos de fútbol de leyenda con otros de incertidumbre, normales en estas alturas de competición. Pero siempre quiso ser, quiso ganar, quiso convencer, vencer y crecer. Quiso hasta el final, y ese es su gran mérito, sabiendo que si sigue queriendo así, podrá llegar (más) allá.

Ante él, el Inter evitó. Un equipo del que se hablaba las mil maravillas, el de los cuatro tantos al Milán, el del golazo de Eto’o por la escuadra, el del gran estratega Mourinho, recuperador de jugadores defenestrados. Llamado a ser uno de los favoritos al título, el Inter solo se limitó a evitar. Durante 90 minutos evitó ser goleado, aplastado, derrotado y humillado por unos diminutos mequetrefes con pegamento en sus botas. En el fondo, los interistas también quisieron. Eto’o quería enseñar a Ibra a correr como un negro en el Barça, y vaya si corrió, pero detrás del balón. Mourinho quería aleccionar a Pep sobre las verdades del fútbol, y al final, la única verdad, es que los italianos eran monigotes despistados siguiendo la pista de un balón que nunca fue suyo, con más voluntad que criterio.  Moratti quería demostrar a Laporta que el negocio fue redondo para el Inter, cuando lo más redondo que pudo agradecer es el cero en el marcador de goles recibidos. Y el Inter quiso jugar a ser un equipo grande, cuando en realidad no evitó, en ningún momento, ser simplemente un equipo más diminuto que nunca.

A VECES…

•septiembre 6, 2009 • Dejar un comentario

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A veces, en un domingo cualquiera, en principio un domingo sin importancia, igual a cualquier otro domingo, uno se pone a escudriñar en sus recuerdos. A veces, en tardes de un verano que se apaga al llegar a un septiembre que amenaza fresco pero aún se sabe caluroso, uno rebusca entre mensajes cruzados hace ya demasiado tiempo. A veces, en días en los que uno sueña con chicas de pelo dorado, ojos verde esmeralda y tímida sonrisa, uno desempolva conversaciones recién empezadas, en la que dos perfectos desconocidos se cuentan su vida, sus miedos, sus risas y esas cosas que en realidad no son más que tonterías, pero que en ese momento se convirtieron en manos que se tocaban, en brazos que se agarraban, en miradas que se cruzaban y en suspiros que se fundían. Aunque uno sabe, o cree, o trata de convencerse de que nunca dejaron de ser inocentes palabras, inocentes respuestas, inocentes despedidas.

Y entonces, se sorprende de que fue hace mucho, aunque en realidad no tanto. Y piensa que hoy, un domingo cualquiera, un domingo que parecía ser el de siempre, simplemente un domingo más, se ha convertido en un día extraordinario. Un domingo de aquellos que solo ocurren a veces…

GRIPE VINTAGE

•septiembre 6, 2009 • Dejar un comentario

Tengo un móvil que llegó en una oferta compre-uno-y-llévese-dos, un semiregalo que no entendí hasta que al abrir la caja descubrí un aparatito que contradice todos los cánones de estilismo en gusto inalámbrico. Mis últimas camisas fueron adquiridas en unas rebajas veraniegas por un valor escandalósamente depreciado. Mi reloj de pulsera yace encima del mueble acumulando polvo y recordándome que aparenta ser mucho mejor de lo que es en realidad. Le acompañan unos libros comprados en ferias de antigüedades, saldos y oportunidades varias, junto a un televisor que aún desconoce ese invento extraño llamado TDT. La música de mi Ipod, ya demasiado grande en tamaño para los que le han sucedido en el cargo, adolece de una pésima calidad sonora, al estar descargada con un programa de Internet que seguramente ya tiene medio centenar de versiones mejoradas disponibles. Por no hablar de la silla desde la que escribo, alejada de toda ergonomía recomendada y de un diseño más bien aburrido, triste y apagado, tanto como ese ventilador de pequeñas dimensiones que ahora funciona a media potencia, sabedor de que en otra casa ya hubiera sido sustituido por un aparato de aire acondicionado de última generación.

Soy un amante de lo vulgar, de lo simple, de lo amodal. Un contracool y un antikitsch. Por eso cuando, como ahora, caigo enfermo, sé con toda seguridad que lo que tengo es una gripe estacional, la normal, anodina y congestionada gripe de toda la vida. La de sopita y cama, la de gelocatil, Iboprufeno y fluimicil, la de descanso y sesteo continuado durante días de recuperación. Olvídense de modas pandémicas, de gripes A de mascarilla y cuarentena, de enfermedades planetarias con nombres alfanuméricos que están en boca de todos, menos en la mía. Dejen de un lado Tamiflús y miedos víricos al fin del mundo venidos del sector porcino chicano. Soy un clásico, un romántico de lo caduco. Larga vida a la gripe vintage.

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VIENTO

•enero 24, 2009 • Dejar un comentario

foto de alexcubero en 24/01/09

Estaba pensando sobre qué escribir cuando, repentinamente, una bolsa de plástico ha pasado a toda velocidad por delante de mi ventana. Aparentemente parece un día cualquiera, si no fuera porque una de las sillas plegables de mi balcón yace en el suelo, caída, desarticulada, inconexa. No sólo eso. La ropa colgada en el tendedero se mueve desesperadamente de un lado a otro, enzarzada en una pelea titánica consigo misma y sostenida por unas pocas pinzas de madera que desearían estar en un patio interior mucho más tranquilo, y no a la intemperie a merced de los elementos en un balcón de un séptimo piso de Barcelona. Y el ruido. Ese maldito ruido, que me acompaña a todas partes. Un aullido que me hace recordar que vaya a donde vaya, aunque me esconda, seguirá estando ahí fuera, esperándome. Soplando. Ssssussssurrando mi nombre en silbidos maléficos. Maldito viento.

Sin embargo, siempre me ha parecido curioso, el viento. La furia del aire, que diría un poeta de poca imaginación. Pues eso. Es como si el mundo se hubiera levantado hoy cabreado. Con el pie izquierdo. Con cara de pocos amigos y los cables cruzados. Con mal genio. Mala leche, mala baba, mala hostia. Ya me entienden.

Todos tenemos días de esos. Días en los que desearíamos habernos quedado en la cama. En los que cualquier cosa nos parece un ataque, y respondemos peor aún. Días en los explotamos, nos huracanamos y arrasamos con todo. En los que levantamos polvareda, removemos hojas, desordenamos la tranquilidad mundana y de paso, jodemos un poco a los demás, que nunca va mal hacerlo de vez en cuando.

Y ahí está el tema. A veces uno se cansa de ser sólo aire. Pacífico y equilibrado aire. De ser esa persona que siempre está ahí, apacible y tranquila, pero inadvertida. De que los demás piensen que nunca vas a fallar, que nunca dirás basta, que pase lo que pase, recibas palos o palmaditas, seguirás estando ahí. Hasta que una mañana, esa mañana, la mañana en cuestión, la menos esperada de todas las mañanas, te levantas con el pie izquierdo. Con mala leche, mala baba, mala hostia. Y entonces, arrasas con todo, mientras ves a todas esas personitas corriendo despavoridas a refugiarse del torbellino. Aciclonas tu carácter, atifonas tus reacciones y tus actos se convierten en tornados arremolinantes. Y por un día, te cagas en el mundo. En el jefe que no te valora. En el idiota de tu clase. En aquel que te humilla. En los vagos, los aprovechados y los desagradecidos. Y soplas, levantas polvo, azotas árboles, remueves conciencias. Y les recuerdas, a todos esos hombrecitos que huyen allá abajo, que vayan donde vayan, seguirás estando ahí. Aunque después vuelvas a ser aire. Tranquilo, pacífico y sensato aire.

Todos somos aire. Y a veces, por un día, todos querríamos ser viento. Maldito, pero deseado, viento.

UN CAFÉ CORTADO

•enero 23, 2009 • Dejar un comentario

foto de alexcubero en 22/01/09

NO ES PRECISAMENTE MI MEJOR SEMANA, debo reconocerlo. Escribo estas líneas aplacado por un gripazo de los de antaño, atabiado con bata, calcetines, pijama gordo y pañuelo al cuello. Mi pelo, despeinado, tiene ese aspecto andrajoso del que lleva todo el día sin hacer nada más que cultivar un virus inoportuno a costa de su salud. Me acompañan unas visibles ojeras de una noche de sudor, una fiebre que sube y baja a su parecer, y una verdadera batucada de Carlinhos Brown en mi cabeza. Mi garganta, dolorida, parece la perfecta acompañante de unas frágiles articulaciones, que provocan que mi caminar sea lento y pesado. En definitiva, una de esas gripes que dejan a uno caldoso, la mejor manera de definir mi estado actual.

LA CULPA NO FUE DEL CHA CHA CHA, como dice la canción, pero sí de un café. No piensen que he perdido la cabeza o que debo denunciar a Nescafé por un producto en mal estado. Les explicaré la película, así que presten atención. Resulta que, si me siguieron en la entrada anterior (Dios salve a mis fieles lectores, es decir, yo y yo mismo), no acabé la semana con buen pie, y empecé la actual con un tropezón que me llevó a dar de bruces contra suelo. Afligido en mente y alma, una bola de nieve de perfectas tonterías se convirtió en avalancha, que me arrastró precipicio abajo tragando nieve por la boca, y quien dice nieve, dice tristezas varias. Metáforas a un lado, simplemente tenía demasiadas cosas en la cabeza en el momento menos indicado. Y me hundí, como se dice, en mi propia mierda. Un chof chof en el que no vale la pena insistir demasiado.

SE DICE QUE LOS MARTES, NI TE CASES NI TE EMBARQUES. Y yo, que de supersticiones nunca he sido un erudito, me embarqué, me casé, y monté un festín por todo lo alto, de esos con padrino descorbatado y puro en mano. Toda una tarde de paseos, conversaciones, risas y sonrisas. Alrededor de un café dejé atrás todos los pesos que me habían atormentado durante casi una semana, y volví a ser yo. Con ese café me perdí en plazas de ensueño, en calles de antaño y en palacios musicales. Y por una tarde, todo volvió a ser equilibrio, espumoso como la crema de aquel café cortado que compartí contigo en un frío martes de enero.

SIN EMBARGO, LA VENGANZA SE SIRVE EN PLATO FRÍO. ¿Cómo había osado retar a mi Tristeza?¿De verdad creía que se iba a dar por vencida tan fácilmente? Como esperaba, ella volvió a la carga, esta vez con una infantería de virus gripal como arma, para vengarse por haberla pisoteado durante una tarde de perfecta Felicidad. Y aquí me ven, atolondrado desde entonces en el cuadrilátero de las guerras antibióticas, peleando contra mis anginas a base de sobrecitos y pastillitas con nombres raros e impronunciables. Pero mi amiga Tristeza sabe, en el fondo, que tiene la guerra perdida de antemano. Pues desde aquel café no he dejado de sonreir. Y entonces, tumbado en mi cama, desfallecido por esta gripe de destrucción masiva, alzaré mi puño al aire y diré en alto esas palabras mágicas: “Pónganos otro cortado, por favor”.

 
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