El partido de ayer de la selección española resultó tan absolutamente soporífero que intentaré no aburrirles en este intento de relatar lo acontencido. Lo haré con frases largas, enormes, interminablemente extensas, porque sólo así uno puede transmitir la linealidad y falta de ritmo de un encuentro que discurría al ralentí, a dos revoluciones menos, con ese toque toque toque y más toque que no lleva a ninguna parte más que al sesteo temprano. Ganó, que era lo mínimo, pero lo hizo como lo hace la España de Luis Aragonés, como si fuera un funcionario público que hace esperar a toda una larga cola mientras él acaba su almuerzo de las once, y desespera a todo el graderío que sólo asiste a una representación tan burda como anodina. Porque si con estas actuaciones pretenden revolucionar y levantar al gentío, ni la máquina mediática de Cuatro conseguirá con sus spots patrios movilizar a la audiencia, y a este paso Manolo dejará el bombo para pasarse al violonchelo. Y es que la música de esta selección no es el tum tum tum de un tambor en tiempos de guerra, sino más bien una sedante y narcotizante melodía de jazz, salvando las distancias.
Maldito letargo, que vienes a mí en forma de pelotita esférica, rodeada de jugadores de pásamela al pie que sino me canso, que intentas convencerme que este año seguro que pasamos de cuartos, mientras que el único cuarto que reconoceré son los 15 minutos que tardo en cambiar de canal ante este somnífero disfrazado de gran espectáculo del mundo. No colabora mucho el seleccionador, emperrado en convertirse en un Ferran Adrià futbolístico, intentado innovar algo que desde que nació ya está condenado al fracaso póstumo. Colocar a Xavi, Alonso, Cesc y Silva juntos es jugar al rondo por el rondo, rondando la desesperación del que al final le toca pagar la ronda de sus amigos y la broma en general, que es el aficionado. Y por eso le recomiendo transmutarse en Santi Santamaría, recordar lo tradicional, lo genético, es decir, esos extremos que tanto han caracterizado a la selección española, y que sumados al fútbol combinativo –ahora sí- quizás nos den alguna alegría pasajera. No nos vendan fútbol de alta escuela a precio de fast-food de carretera con patatas, cocacola y extra de aburrimiento, pues lo que no mata, engorda, y no precisamente la cuenta de títulos.













